
Me gusta esta foto. Es de agosto de 1973. Yo tenía seis meses y mi abuela, cuarenta y ocho años recién cumplidos. Ahora cuando veo esta foto y calculo su edad me doy cuenta de lo joven que era y ya que me acerco a los cuarenta, mucho más. Lo curioso es que a ella yo la sigo viendo igual, aunque desde entonces pasaron muchas cosas.
Cuando yo nací, la kuka se convirtió en abuela, pero para ese agosto ya tenía dos nietos más, el Martín y la Marcela, que habían nacido pocas semanas antes.
Poco después de esta foto, un día como hoy, 17 de septiiembre, la kuka volvió a su trabajo en Lan Chile, ya levantado el toque de queda y el país supuestamente normalizado, aunque bien sabíamos que no era así, que ya nada era normal, o peor aún, cualquier cosa podía serlo. El mundo había dado vuelta al revés, para siempre.
A las pocas horas de llegar al aeropuerto de Cerrillos, después de que la revisaran y le pidieran su carné, antes de entrar a su oficina escuchó que la llamaban por alto parlantes.
Todos aquellos que fueron llamados por los altavoces debieron subir a la micro de la empresa, que manejaba la misma persona de siempre, pero ahora con un milico a su lado que le indicaba hacia donde debía dirigirse.
A su regreso, llorando, le contó a la Cristina, su hija menor, y ella a mi papá, que también trabajan en La Lan, como ellos la llamaban, lo que había pasado. Había tenido que llevarlos al Estadio Nacional. Ahí estuvo mi Kuka, treinta y tres días. No sé cómo fueron esos días, jamás me he atrevido a peguntarle, porque adivino en sus ojos, que es una verdad que nos duele a las dos. Sólo sé que el único día que no fuimos a verla a las puertas del estadio, fue liberada. Alguien le pasó unas monedas y en la calle Grecia tomó una micro que la llevó a Providencia con Carlos Antúnez donde estaba su casa.

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